La noticia de la absolución de Daniel Arizmendi López, mejor conocido como “El Mochaorejas”, sacudió al país. El fallo judicial señala que no hubo pruebas suficientes para responsabilizarlo en uno de los casos de secuestro, aunque su permanencia en prisión está asegurada por otras sentencias que suman más de dos siglos de condena.
De acuerdo con el fallo judicial, “no existe señalamiento o imputación directa en contra de Daniel Arizmendi López que permita arribar, aún de manera indiciaria, a su plena responsabilidad (…) se absuelve de la acusación ministerial”. El fragmento corresponde a la sentencia reproducida en medios nacionales.
Arizmendi se convirtió en un nombre temido en la segunda mitad de los años noventa. Su método era brutal: mutilaba las orejas de sus víctimas para presionar a las familias a pagar rescates. La prensa de la época lo retrató como el rostro más visible de una crisis de seguridad que afectaba tanto a ciudadanos comunes como a personalidades de alto perfil.
Víctimas célebres
Entre los casos más recordados se encuentran los secuestros de empresarios y figuras públicas que pusieron de relieve la magnitud del fenómeno:
- Alfredo Harp Helú, empresario y filántropo, fue secuestrado en 1994. Aunque no directamente por Arizmendi, su caso se convirtió en símbolo de la vulnerabilidad de las élites mexicanas.
- Guillermo González Camarena Jr., hijo del inventor de la televisión a color, también fue víctima de secuestro en esa década.
- Diversos empresarios de la zona metropolitana fueron señalados como blancos de la banda de Arizmendi, cuyos plagios se contaban por decenas y que, según investigaciones, podrían haber superado los 200 casos.
Estos episodios mostraban que nadie estaba a salvo: desde comerciantes hasta figuras con apellido reconocido. La sociedad mexicana vivía con miedo, y los secuestros se convirtieron en tema cotidiano en noticieros y conversaciones familiares.
El impacto social
La crueldad del Mochaorejas no solo marcó a sus víctimas directas, sino que dejó una huella en la memoria colectiva. Su captura en 1998 fue celebrada como un triunfo contra la delincuencia, pero también reveló las debilidades del sistema judicial y la corrupción que permitía la operación de bandas criminales.
Hoy, con la noticia de su absolución parcial, resurgen las preguntas: ¿cómo un personaje que simbolizó el terror de los secuestros puede librar procesos por falta de pruebas? La respuesta apunta a las deficiencias en la integración de expedientes y la fragilidad de las acusaciones ministeriales de aquella época.
Reflexión final
La historia de Daniel Arizmendi es más que la de un delincuente célebre: es el espejo de un México que enfrentó la violencia del secuestro como nunca antes. Su absolución, aunque no lo libere, revive las cicatrices de una sociedad que aprendió a vivir con miedo y que aún exige justicia plena para las víctimas.