Poza Rica, Veracruz. — El silencio que dejó el periodista Carlos Castro pesa más que las balas que apagaron su vida. La tarde del sábado, su voz fue interrumpida en un restaurante de Poza Rica, pero su legado resonó con fuerza en cada rincón de la ciudad.
El ataque que estremeció
La noticia corrió como un relámpago: Carlos, quien tantas veces narró la realidad de su tierra, fue asesinado frente a colegas y ciudadanos. El miedo se mezcló con indignación, y la pregunta que todos se hicieron fue la misma: ¿hasta cuándo?
El velorio: lágrimas y memoria
En la funeraria, las flores no alcanzaban para cubrir el vacío. Amigos, familiares y compañeros de oficio se reunieron para recordarlo no solo como periodista, sino como padre, amigo y vecino comprometido. Cada lágrima llevaba consigo un reclamo de justicia.
Este domingo, el cortejo fúnebre avanzó lentamente hacia el panteón municipal. Decenas de personas acompañaron a Carlos hasta su última morada, levantando pancartas y voces que repetían: “No se mata la verdad matando periodistas”. El aire se llenó de dolor, pero también de resistencia.
Más allá de la tragedia
Carlos Castro no fue solo una víctima: fue un símbolo de la lucha por la verdad en un país donde informar se ha convertido en un acto de valentía. Su partida deja un vacío, pero también una responsabilidad colectiva: que su voz siga viva en cada denuncia, en cada nota, en cada ciudadano que se niegue a callar.