A N Á L I S I S

En la escuela de la vida, Morena enseña a servir.Ninguna escuela se juzga por sus discursos, sino por sus alumnos. En Reynosa, uno de ellos se llama Marcelo Olán Mendoza. A una corriente política no se le conoce por lo que grita en la plaza, sino por lo que la gente termina haciendo todos los dias. Una consigna se corea en un mitin y se apaga con el sonido; una costumbre, en cambio, se queda. Eso es lo que ha ocurrido en México durante la última década: Morena no solamente ganó elecciones, creó una cultura política propia. Y esa cultura ya no vive únicamente en sus asambleas: se pasó a la calle, a las colonias y a las casas de gente que nunca ha militado en nada.
Palabras que obligan
Hay dos clases de palabras en la política. Unas sirven para presumir —honesto, cercano, comprometido—: cualquiera se las cuelga, ninguna se puede comprobar y no cuestan nada. Las otras piden trabajo: servir, cuidar, apoyar, compartir. Esas no se pueden decir sin hacerlas, porque el vecino se da cuenta.
Morena se escribió con las segundas. Su Declaración de Principios ordena el humanismo mexicano, la justicia, la igualdad, la paz, la solidaridad y la honestidad; y el Programa de Acción hace la operación decisiva: convierte ese vocabulario en tareas. De ahí sale la fórmula más exigente que ha producido la política mexicana reciente: gobernar debe significar servir y no servirse. No promete obra ni reparto: pone una vara. Y las varas, a diferencia de las promesas, también se aplican a quien las levanta.
Una cultura no se instala por decreto ni por spot, sino por repetición: haciendo la misma cosa tantas veces que deja de parecer consigna y empieza a parecer lo normal. Miles de personas que no pertenecen a ningún partido aprendieron en estos años una forma de mirar: que el poder es una herramienta prestada, que el cargo no es patrimonio, que servir no es rebajarse. Una cultura política ha triunfado cuando ya no necesita el nombre del partido para funcionar. Cuando se volvió escuela. Y en la escuela de la vida —la única que enseña de verdad, porque enseña con el ejemplo y cobra con la experiencia— Morena resultó un buen maestro: no dio clase de teoría, dio clase de conducta.
Servir
Marcelo Olán Mendoza llevó esa idea al extremo de convertirla en identidad personal: “Para servir he nacido, y mis aliados son los que sirven.” Lo relevante no es la frase —las frases sobran en política—, sino lo que la frase obliga: júzguenme por cómo cumplo, no por lo que prometo… y Marcelo Olán Mendoza lleva 10 años sirviendo desde su Fundación. Quien se presenta así queda atado a demostrarlo cada semana, con resultados que se ven y verifican.
Cuidar
La Declaración y el Programa incorporaron los cuidados, la salud y el bienestar como materia política y no como asunto privado de cada casa. Le pusieron nombre a un trabajo que la política jamás había nombrado: el de quienes sostienen familias y colonias sin sueldo, sin horario y sin reconocimiento. En Reynosa la idea tiene traducción —“cuidar también es servir”— y tiene pruebas: el primer banco de medicinas de Tamaulipas, las brigadas médicas de prevención y diez años al frente de la Fundación Marcelo Olán Mendoza. No es agenda de gobierno: es cuidado ciudadano organizado, la manera en que una comunidad se protege a sí misma mientras las instituciones alcanzan.
Apoyar
La solidaridad aparece en la Declaración de Principios junto a la fraternidad y la colaboración. Pero la cultura que se formó alrededor de esas palabras produjo algo que no estaba en ningún estatuto: una enorme red informal de gente que apoya. Líderes sin membrete, gente que ayuda sin compromiso, organismos ciudadanos que llegan cuando nadie llega y muchas veces antes que las autoridades. El proyecto de Marcelo Olán se define por su relación con esa red: “mi alianza es con los que sirven” no reparte lugares por origen ni por siglas, sino por conducta. A los que sirven se les honra sirviéndoles: escucharlos, no estorbarles y ayudarles a servir. Apoyar, en ese registro, deja de ser dádiva y se vuelve reciprocidad.
Compartir
Si hubiera que elegir una sola expresión que condense el horizonte económico de esta cultura, sería prosperidad compartida: no prosperidad a secas —que cualquiera promete—, sino prosperidad repartida. El crecimiento de una ciudad vale cuando alcanza a todos. Compartir es también la más social de las cuatro palabras y la que mejor describe el método de Olán: jornadas donde distintos profesionistas comparten su trabajo y reconocimientos donde se comparte el crédito con todos los que ayudan. Su declaración más citada —“mi familia es todo Reynosa”— no es una metáfora sentimental: es una regla de conducta que consiste en tratar a la ciudad como se trata a los propios, sin condiciones y sin horario.
Morena es una escuela de vida.
Y a esa escuela se le juzga por los alumnos que produce, no por los discursos que pronuncia. Que el mérito mayor de Morena tal vez no sea haber ganado el poder, sino haber vuelto normal una manera de hablar —y por lo tanto de exigir— en la que servir da prestigio y servirse da vergüenza.
/ Redacción.

Wordpress Social Share Plugin powered by Ultimatelysocial